La albarda

La desaparición de los animales en los pueblos marca un cambio de época, el fin de una civilización rural milenaria

Abel Hernández

Entre los despojos de un mundo rural que se acaba figura la albarda, del árabe hispano «albárda’ah», el aparejo con dos almohadillas rellenas de paja de bálago que se colocaba sobre el lomo de las caballerías de carga. La llegada de las máquinas vació las cuadras. Hace tiempo que no se ve una yunta arrastrando el timón del arado camino de la barbechera o trayendo del monte una carga de estepas al bardal. Ya no se acarrea la mies a las eras. Ni se ven arrieros por los caminos. Ni siquiera queda en el pueblo algún servicial jumento para llevar las alforjas al tajo. Uno no puede imaginarse al tío Quirino, colmenero, cazador de enjambres a vuelo y de zorros con cepo, sin su borrico. La desaparición de los animales en los pueblos marca un cambio de época, el fin de una civilización rural milenaria. Toca, si acaso, como se hace aquí, recoger sus despojos.

El orín, la humedad y los ácaros acaban con las albardas, amontonadas en un rincón de la cuadra vacía. Sobre esos aparejos, aún reconocibles, cabalgué de niño en el viejo «Tordillo» y en el noble «Lucero», los caballos de mi abuelo. Montábamos sobre sencillos arneses o aparejos para bestia, no elegantes jaeces de caballo urbano. Para no caernos al suelo o evitar que se cayera la carga, esos aparejos llevaban una serie de cinchas. El ataharre, que todo el mundo llamaba «tarre», rodeaba los ijares y las ancas de la caballería; la baticola impedía que la montura se corriera hacia delante, y el pretal rodeaba el pecho de la cabalgadura. Las artolas eran un artilugio de madera colocado sobre las bestias para transportar haces de mies o de leña. (Artola da nombre a un apellido vasco de honda raigambre que viene a significar «lugar o cabaña de encinas»). En cocina, albardar es rebozar alimentos para freírlos.

En el Quijote hay divertidas discusiones sobre la albarda del rucio de Sancho; sobre si aquello era albarda de jumento o jaez de caballo. Y, en un momento dado, sale a la luz la sabiduría refranera de Sancho: «La culpa del asno no ha de echarse a la albarda», como hacen los políticos culpando a los otros de sus propias ineptitudes y tropiezos. Uno de los dichos populares que mantienen aún vigencia en nuestros días es el de «albarda sobre albarda», un reproche frecuente en el mundo académico, por usar redundancias. Se aplica con burla al que utiliza pleonasmos innecesarios, como «subir para arriba» o «bajar para abajo». Y se critica al cargante: «¡Dos albardas para un burro!»