Hace ya 40 años que se creó la Asociación Amigos de Sarnago con la finalidad de recuperar este pequeño pueblo de las Tierras Altas de Soria. Dentro de la recuperación integral del mismo se encuentra el poder rescatar la derruida iglesia de San Bartolomé.

Hace ya 11 años que venimos proponiendo al Obispado de Osma-Soria la cesión por un plazo no menor de 50 años, para intentar recuperarla como espacio cultural y multiusos. Hasta la fecha sin un resultado que nos pudiera parecer aceptable.

Manejamos un presupuesto de alrededor de 300.000 euros para su total recuperación. Nuestra idea es realizarlo en varias fases, dependiendo en cada momento de los recursos económicos que dispongamos. La primera fase sería la de limpieza, consolidación de lo que queda y principalmente quitar el peligro que actualmente tiene. Dejando muy claro que no pedimos dinero a los dueños. Únicamente queremos que parte de nuestra historia no termine siendo un montón de escombros.

Recientemente ha sido incluida en la Lista Roja de la asociación Hispania Nostra (https://listarojapatrimonio.org/ficha/iglesia-san-bartolome/).

La iglesia, de estos pequeños pueblos, es el edificio de referencia. Siendo nuestros antepasados los que con sus escasos recursos y su esfuerzo los que consiguieron levantar estos edificios.

 

En su día recuperamos las campanas que cayeron junto a la espadaña, así como la pila bautismal. En 2015 apuntalamos la pared del ábside para que no terminara de desplomarse.

El historiador y escritor Carmelo Romero en su libro “Calladas rebeldías. Efemérides del tío Cigüeño” escribía:

  • “¿Qué edificio era el primero en divisarse estuviese uno donde estuviese? La Iglesia.
  • ¿Qué edificio era el más sólido, el más grande y con la piedra mejor tallada? La Iglesia.
  • ¿Qué edificio albergaba todos y cada uno de los grandes acontecimientos de todas las existencias –el nacimiento, la boda, la muerte-? La iglesia.
  • ¿Dónde todos los varones se quitaban la boina y dónde todas las mujeres se cubrían con velos en señal de respeto y sumisión? En la Iglesia.
  • ¿Dónde todos –hombres y mujeres, hacendados y mendigos, farrucos y pusilánimes, amos y gañanes, ancianos y mozalbetes- hincaban en el suelo las rodillas e inclinaban la cerviz? En la Iglesia.
  • ¿Dónde todos acudían a pedir amparo y protección cuando se prolongaba la dañina sequía o amenazaban las nubes con devastadora pedregada? A la Iglesia.
  • ¿Quién reglaba el tiempo de todos y cada uno? La Iglesia.
  • ¿Quién convocaba a todos cuando los incendios, cuando los trabajos comunitarios, cuando se precisaba buscar a algún coterráneo extraviado en las ventiscas de la sierra, cuando…? Las campanas de la Iglesia.
  • ¿Quién almacenaba las principales riquezas, el oro de los cálices y de las patenas, la plata de las cruces y de los candelabros, las pedrerías de las coronas, los encajes almidonados y los bordados de seda de las túnicas y vestimentas de las imágenes? La Iglesia.

La Iglesia, la Iglesia, la Iglesia. La iglesia siempre y en todas partes. La Iglesia era el Poder. El máximo Poder”.

El Poder, para serlo de verdad, necesita cercanía, inmediatez, visibilidad. Y la Iglesia tuvo todo ello. Y además dominó el tiempo, todos los tiempos del ser humano, mediante aquellas campanas que ora expandían algarabías festivas, ora quejidos de tiempos lentos, ora agonías de muerte.
Quien borre la iglesia del pasado no entenderá su historia y quien quite de ella las campanas no entenderá la iglesia. En mis oídos, hace mucho tiempo sin Dios, siguen resonando las campanas como un compendio de todos los sonidos de mi infancia.

 

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