El quinqué

Hoy el quinqué es sólo una hermosa reminiscencia de una época pasada

Abel Hernández

El quinqué, junto con el candil, fue la lámpara que iluminó las noches de mi infancia desde el instante mismo del nacimiento una oscura tarde de noviembre. Fuera nevaba y los españoles estaban en guerra. Fue un objeto imprescindible en las casas de los pueblos hasta que llegó la luz eléctrica a mediados del siglo pasado. Su utilidad se prolongó aún un tiempo hasta que la electricidad dejó de ser intermitente e insegura. Después se convirtió en objeto decorativo. A mi memoria viene la imagen del anciano tío Marcos, nuestro vecino, envuelto en su vieja manta de cuadros, cruzando bajo la nieve, de noche, de su casa a la majada en la esquina de la plaza, con la cachava en una mano y el quinqué en la otra, proyectando una sombra fantasmagórica sobre la desnuda pared de piedra.

El quinqué es una lámpara de petróleo, con un depósito y un tubo de vidrio que protege la llama. Se transportaba en la mano de un lugar a otro, pero era, sobre todo una lámpara de mesa. Iluminaba más que seis velas. De ahí su éxito inmediato. La inventó un físico suizo, Argand, en 1780. Por eso se llamó al principio «lámpara de Argand». La perfeccionó años después un farmacéutico de París llamado Antoine-Arnault Quinquet, que le dio el nombre definitivo. Se alimentó primero de esperma de ballena como combustible, y después, de petróleo hasta nuestro tiempo. Se impuso enseguida a todas las lámparas de aceite, menos al humilde candil, y adquirió una gran variedad de formas decorativas. Empezaron usando el quinqué las clases altas, pero pronto descendió a las clases medias y populares. Fue la iluminación habitual hasta mediados del siglo XIX cuando llegaron las lámparas de queroseno.

Es un objeto con una gran carga literaria. Antonio Machado recordaba las veladas familiares con su abuela Cipriana Álvarez leyendo a la luz del quinqué romances antiguos. Pérez Galdós evoca en «Marianela» el momento en que «encendieron el quinqué, cuya claridad vino a poner de manifiesto la desnudez y pobreza de la estancia». Leopoldo Alas, «Clarín», describe en «La Regenta» «la luz temblorosa del quinqué que dibujaba sombras gigantescas en las paredes del despacho». Isabel Allende en «La casa de los espíritus» nos traslada a las altas horas de la noche «bajo la luz mortecina del quinqué». Y Gabriel García Márquez, en «Cien años de soledad», nos presenta al personaje que, absorto en la lectura, «no sintió el parpadeo del quinqué, ni el frescor de la madrugada que se filtraba por la ventana». Hoy el quinqué es sólo una hermosa reminiscencia de una época pasada.