El cántaro

En las casas no había aún grifos ni cuartos de baño. La fuente, con la música del agua sonando permanentemente en la pila de hierro, era también lugar de encuentro y conversación

Abel Hernández

Sigo contando aquí, a través de los objetos, el final de una época.

El cántaro es uno de los objetos más populares y con más carga cultural desde la antigüedad. Con sus formas diversas, figura en museos arqueológicos, barcos hundidos y cuadros antiguos. Aquí me refiero al cántaro vulgar, el que conocí de niño y que no podía faltar en ninguna casa del pueblo antes de la llegada del agua corriente. En la desmantelada cocina de la casa donde nací, permanece aún la cantarera, un mueble sencillo de madera clara con tres huecos donde se colocaban los cántaros y el botijo, y, a su lado, una gran tinaja rojiza en la que cabían tres o cuatro cántaras de agua (16,13 litros cada una). Dicen que el nombre latino de «cantharus» se debe al alfarero que lo inventó.

El cántaro es una vasija de barro, de cuerpo ancho, boca estrecha, con un asa, utilizado para recoger agua en la fuente, transportarla y conservarla. Los cántaros que recuerdo eran oscuros, casi negros. Lucían con gracia sobre la cabeza o en la cintura de las mujeres, caminando airosas por la calle. En las casas no había aún grifos ni cuartos de baño. La fuente, con la música del agua sonando permanentemente en la pila de hierro, era también lugar de encuentro y conversación. Allí florecían los amores y se sorteaban los novios en la Nochevieja. Formaba un complejo con el pilón, bebedero para las caballerías y el lavadero cubierto. Desde que, hace poco, llegó el agua corriente a las casas, la fuente está muda, el pilón seco, el lavadero vacío y los cántaros, usados durante siglos, han perdido su utilidad.

Al final del verano llegaba al pueblo el Mario con el serón cargado de cacharros: botijos, cazuelas, pucheros, cántaros… Extendía la mercancía sobre unas mantas en la plaza, y su ayudante, el Tuto, un mozo cándido, un alma de cántaro, al que le daba lo mismo que lo llamaran Tuto que Restituto, según decía, pregonaba con voz dulce y apagada por las esquinas: «¡El cacharreroooo!». Y la gente acudía a reponer los cacharros rotos de la cocina, completando el limitado ajuar de aquellas familias campesinas. Tanto va el cántaro a la fuente… es un dicho popular como el de «llueve a cántaros». La mayoría de los jóvenes urbanitas que lo pronuncian, equipados con el chubasquero de moda, no han visto un cántaro en su vida ni saben bien qué es eso. Queda solo la palabra, una de las más hermosas y musicales de la lengua castellana, y los huecos vacíos de la cantarera.