El dalle
Las máquinas expulsaron primero a los animales y luego a los campesinos, cuando el arado, el dalle, el trillo y la hoz se volvieron objetos inútiles
Abel Hernández
En los pueblos de las Tierras Altas, por San Juan empezaban a blanquear las cebadas. Era el anuncio de que llegaba el tiempo de la cosecha. Pero anbel Hernándeztes había que segar los prados y las esparcetas o pipirigallos en flor, donde ya cantaban las calandrias y las alondras en celo. En las puertas de las casas, sentados en los poyos, los hombres con un pequeño martillo picaban el dalle sobre un yunque minúsculo hincado en el suelo. Había que afilar la herramienta, una larga cuchilla curva, más ancha que la hoz, sujeta a un mango de madera con dos agarraderos, uno para cada mano, el del medio conocido por astil. Afilar el dalle golpeando suavemente el borde de la hoja de acero sobre el yunque era una operación minuciosa e imprescindible, porque «dalle que no canta, hierba que no levanta».
Dalle, lo mismo que dalla, del provenzal «dalh», del catalán «dall» y estos del latín «dacülum», es lo mismo que guadaña –«falx foenaria»–, que es, como se le conoce generalmente, menos en las tierras frías de la antigua Celtiberia y alrededores donde los prados se dallan. Esta herramienta agrícola destinada, sobre todo, a segar la hierba, tiene miles de años de antigüedad, compitió mucho tiempo con la hoz y está en franco desuso, reducida al humilde papel de desbrozadora ocasional desde que llegaron las máquinas al campo.
Recuerdo aquellas plácidas tardes de la infancia en los prados, con el tío Co dallando la hierba. Lo estoy viendo. Su figura trazaba arcos rítmicos, de derecha a izquierda, con su cuerpo menudo, y el dalle, movido por sus brazos, segaba a ras del suelo con un leve chasquido e iba dejando atrás el «marallo» de heno tendido en hilera, que luego formaría los olorosos «gabejones». De rato en rato el tío Co, sudoroso y derrengado, se paraba para afilar el dalle con una piedra ovoide –la «piedra de afilar»– que llevaba en la cintura dentro de una funda metálica con agua.
Nunca olvidaré el aroma especial del prado recién segado. Nada que ver con la tétrica imagen de la muerte representada por un espectro encapuchado que porta una guadaña. Los ingleses lo llaman «Grim Reaper», algo así como segador siniestro, porque viene a segar las almas para, una vez cosechadas, llevárselas al otro mundo. Desde antiguo se representa a la Parca blandiendo una guadaña. Pero la muerte de los pueblos llegó con el progreso. Las máquinas expulsaron primero a los animales y luego a los campesinos, cuando el arado, el dalle, el trillo y la hoz se volvieron objetos inútiles.