El almirez

El alegre repiqueteo del almirez hace tiempo que ha dejado de sonar en las cocinas de la España vaciada

Abel Hernández

En el centro de la espetera de la cocina, escoltado por los antiguos cazos de cobre de mango largo, brillaba el almirez de bronce, heredado de madres a hijas y que, según contaban, había sido parte del ajuar de la bisabuela Anacleta. Sea por lo que fuere, el precioso mortero antiguo, que hoy adorna el vasar de mi chimenea urbana, gozaba de una especial consideración entre el menaje del hogar. Cuando el almirez repicaba en la cocina con insistencia, era fiesta mayor, como cuando volteaban las campanas o sonaba la música recorriendo la calle.

El almirez es un mortero de metal, generalmente de bronce o latón, que consta de un cuenco y una mano o maja; se usa para majar o triturar los alimentos, como ajos, perejil, especias o frutos secos, preparando adobos y salsas. El mortero, de madera o cerámica, tiene una antigüedad de 40.000 años y sigue siendo imprescindible en la cocina tradicional. Es uno de los pocos objetos que acompañan al ser humano sin interrupción desde el principio de la civilización y que sigue teniendo utilidad, aunque cada vez más suplantado por robots e instrumentos mecánicos. Su versión metálica, el almirez –«almihreç» del árabe andalusí–, viene de la Edad Media y se afianza en España en los siglos XII-XIII gracias a la metalurgia mozárabe. Video

El alegre repiqueteo del almirez hace tiempo que ha dejado de sonar en las cocinas de la España vaciada. Como instrumento musical de percusión, sigue sonando en el folclore andaluz o castellano. También dejó de oírse en las boticas, donde el boticario preparaba los medicamentos triturando en el almirez minerales, plantas medicinales y otras sustancias. Para Quevedo ese sonido era un mal augurio: «El clamor del que muere empieza en el almirez del boticario». Y Cervantes, por boca de Altisidora, pizpireta doncella del duque, llama a don Quijote, por su insensibilidad a sus incitaciones amorosas, «alma de almirez».

Si el viajero se acerca hoy a Macael, localidad almeriense en el Valle de la Almanzora, se encontrará a la entrada del pueblo con un gigantesco mortero de mármol blanco, de 50 toneladas de peso y 5,8 metros de altura. Es un homenaje a este popular objeto y a las disputadas minas de mármol del municipio. El espectacular mortero está allí plantado desde el año 2015, aproximadamente 10.000 años después de que nuestros antepasados abandonaran el nomadismo, salieran de la caverna, se asentaran y empezaran a cultivar la tierra y a cambiar sus hábitos alimenticios. Fue entonces cuando, antes que la cuchara, inventaron el mortero, convertido con el tiempo en almirez sonoro.