Abel Hernández
La llegada del tractor y las otras máquinas vació las cuadras, arrumbó los aperos de labranza y, poco después, vació los pueblos
Arrumbado en un rincón del corral de la vieja casa donde nací, yace el arado romano, comido por el orín y los ácaros. Es la imagen más representativa del final de una época. Con el fin del arado muere el oficio milenario de labrador. Observo sus despojos descompuestos: la reja oxidada y semienterrada que abría los surcos para la siembra, después de romper y binar la tierra, y que, según Hesíodo, lo hacía como el colmillo de un jabalí; el timón roto, seguramente de olmo, como recomendaba Virgilio, del que tiraba la yunta; las rudimentarias orejeras, apenas reconocibles, la telera, aún con tierra, y la esteva o mancera, pieza corva de madera que empuñaba el labrador con su mano fuerte y encallecida, para guiar a las caballerías. Estoy viendo al tío Sotero, sudoroso, con la boina ladeada y la faja en los riñones, soltando maldiciones al «Tordillo» y al «Castaño», los caballos familiares, cuando quebraban la rectitud geométrica del surco. Las alegres aguzanieves seguían a la yunta buscando gusarapos en el surco abierto, y el polvo con un fuerte olor mineral invadía el aire.
La forma del arado romano, del que contemplo ahora los despojos, ha permanecido así desde los tiempos del emperador Augusto. Es el mismo «aratrum» de entonces, exactamente como lo describe Plinio. «No cambies nunca tu arado», aconsejaba Catón. Originario de los etruscos, ha sobrevivido siglos, hasta que han llegado las máquinas y lo han convertido en una herramienta inútil. Pero la historia del arado viene de mucho más atrás: de la Edad de Piedra. Al principio fue un rudimentario palo curvo, con la punta endurecida por el fuego, para remover la tierra. Los libros sagrados chinos aseguran que lo inventó, 3.200 años antes de Cristo, el emperador Chin-Noung, cuyo nombre significa «labrador divino». En Grecia, la creación se atribuye al mismísimo Júpiter, y se conservan imágenes de la diosa Ceres con el arado al lado. Los profetas bíblicos Isaías y Miqueas aconsejan convertir las espadas en rejas de arado.
Pertenezco a la generación del arado. Soy testigo –uno de los últimos– del final de esa civilización rural. Cogí de joven la esteva y conduje alguna vez la yunta surcando la tierra, aunque no puedo presumir de labrador porque mis manos no están encallecidas. La llegada del tractor y las otras máquinas vació las cuadras, arrumbó los aperos de labranza y, poco después, vació los pueblos.