El brasero
Es un objeto universal que ha caído en desuso con el cambio de época
Al calor del brasero en la mesa camilla con faldas de paño se han sucedido en millones de hogares, desde que el mundo es mundo, largas sobremesas con la repetición cansina de viejas historias y repaso malicioso de los sucesos de la vecindad. Es un buen escenario para las confidencias, cotilleos y desahogos, como pone de manifiesto Pérez Galdós magistralmente en «Fortunata y Jacinta». Al amor del brasero se han celebrado interminables partidas de cartas en las noches de invierno cuando aún no había televisión ni móviles y las «úrguras» ululaban en la chimenea. El brasero representa la intimidad y el refugio del desapacible mundo exterior. Durante cientos de años el brasero propició en el mundo rural, junto con la cocina encendida, de cuya lumbre se nutría, el único espacio caliente de la casa cuando el invierno apretaba y la vida se ponía difícil. Yo lo viví de niño en las Tierras Altas. En torno a la mesa redonda cubierta de hule, con los pies calientes posados sobre la tarima en la que estaba encajado el brasero, se reunía a cenar la familia cada noche entre largos silencios.
El brasero es un recipiente cóncavo, normalmente de metal, poco profundo, con brasas de leña o de carbón en su interior, de combustión lenta, que sirve de calefacción. Se remueve y atiza con la badila y se cubre con un caparazón metálico abierto. Existe desde el comienzo de la civilización sedentaria, cuando el ser humano empezó a cultivar la tierra. Fue entonces cuando domesticó el fuego de fuera y lo metió en casa. Al principio, el brasero fue de barro. Con distintas formas y materiales está en todas las culturas. En Roma usaban braseros de bronce, ricamente decorados, que hacían también de pebeteros. Los primeros vestigios del brasero encontrados en España datan del siglo VII antes de Cristo. En Japón se impuso en el siglo XIV el «kotatsú», ingenioso brasero que se coloca bajo una mesa rodeado de una manta para conservar el calor. Y los conquistadores españoles se encontraron con el «tlecaxitl» azteca a su llegada.
Es un objeto universal que ha caído en desuso con el cambio de época. El original brasero de carbón o de leña, que entusiasmó a Bretón de los Herreros, ha sido sustituido por el brasero eléctrico, mucho más limpio y seguro, que también está siendo arrinconado por modernos sistemas de calefacción. Ya no hay carboneras en el monte ni bardas en el bardal. Aún resiste como apellido. El más célebre es el de Roberto Brasero, experto en isobaras y en la rosa de los vientos.