Abel HERNÁNDEZ

     El candil alumbró mi llegada al mundo una tarde oscura de noviembre. Fuera estaba nevando. Aún no habían plantado en el campo los postes de la luz, que transformarían el paisaje y serían la primera señal de progreso en la posguerra. Tardaría una docena de años en llegar la luz eléctrica al pueblo, que al principio fue insegura e intermitente. Recuerdo la comitiva de la inauguración con el gobernador al frente rodeado de las “fuerzas vivas”. A la entrada del caserío, la caseta del transformador se convirtió desde entonces en un misterioso objeto de culto.

       Los de mi generación vivimos la infancia a la luz del candil, un pequeño “utensilio para alumbrar -como lo define con precisión María Moliner- formado por un pequeño recipiente provisto de un gancho para colgarlo y con un pico en el borde por donde asoma la mecha, la cual, por el otro extremo, queda sumergida en el aceite que contiene el recipiente”. Hay que añadir que es un objeto de hierro u hojalata. Puede decirse que somos la generación del candil, los últimos testigos de una época que se apaga para siempre. El candil, como ahora el móvil, se llevaba en la mano para andar por la casa, subir y bajar las escaleras, apiensar a las caballerías en la cuadra antes de acostarse o entrar en la majada donde acaso pariría una oveja esa noche. Pero su lugar natural era la cocina encendida, cerca del hogaril, colgado del techo ennegrecido, donde se curaba la matanza.  El candil iluminaba la cena familiar, la partida de cartas en la mesa redonda cubierta de hule, o alumbraba a mi madre mientras nos leía el Quijote a los abuelos y a los niños en las noches interminables de invierno. Desde entonces asocio el candil con el Quijote y con mi madre.

     El candil viene de lejos. Es una preciosa palabra árabe que significa lamparilla y que, en sus orígenes, fue un utensilio de barro cocido. Es tan genuinamente árabe como Alcarama, que equivale a altura o dignidad. Fue un objeto tan popular que dio pie a infinidad de dichos y refranes, como “adóbame esos candiles” para significar las contradicciones de un discurso, o “candil de la calle y oscuridad de su casa”, que critica el comportamiento afable fuera de casa y hosco dentro. Y todavía tiene alguna vigencia la expresión “ni buscado con un candil”, aunque los que la pronuncian no hayan visto un candil en su vida ni sepan qué es eso.

      Tal vez en algún rincón medio derruido y olvidado de la vieja casa de Sarnago donde nací se encuentre aún el candil que alumbró mi nacimiento y que ahuyentó después, muchas noches, mi miedo infantil a la oscuridad.