El huso y la rueca
En el mundo rural el huso y la rueca resistieron hasta bien entrado el siglo XX. Regía allí en la posguerra la economía de subsistencia
Abel Hernández
Estoy viendo a la abuela Bibiana en la cocina, con la saya hasta los pies y el pañuelo oscuro en la cabeza, sentada en una silla baja, rodeada de sus gatas, hilando la lana con el huso y la rueca, dos objetos complementarios e inseparables. Con la mano izquierda sostenía la rueca, palo horquillado que apoyaba verticalmente sobre la cintura, en el que estaba el copo sujetado por el rocadero, y con la derecha hacía girar el huso, una varilla de madera redondeada, más gruesa en el centro que en las puntas. Así se hilaba, con estos instrumentos ancestrales, desde la Prehistoria la lana, el lino o el cáñamo, torciendo la hebra y devanando en el huso lo hilado. El hilo convertido en madeja formaría luego el tejido.
Ya en tiempos modernos llegó la máquina de hilar, que se denominó rueca. Constaba de una rueda, un pedal o manivela y una devanadora pequeña o soporte en el que se enrollaba la madeja hilada. El nombre de rueca dio pie a confusión. Destacados escritores y poetas, en el siglo XIX y comienzos del XX, confundieron el huso con la rueca. Emilia Pardo Bazán escribe en «Los pazos de Ulloa»: «Otras, tomando de la cintura el huso y el copo de lino, hilaban después de haberse calentado las manos». Más claro es el error de Francisco Villaescusa, que se inspira seguramente en la Virgen de la Rueca, del pintor Morales: «La Virgen cantaba, la dueña dormía, la rueca giraba llena de alegría». O Antonio Machado: «Las vueltas de la rueca frente al huso inmóvil». Es al revés. Por lo demás, el huso y la rueca, en su versión más elemental, que es la que conocí de niño, se ha considerado desde antiguo arquetipo del destino. Basta recordar a las Parcas, que utilizan el huso para hilar y cortar el hilo de la vida, a Penélope en la Odisea tejiendo y destejiendo mientras espera el regreso de Ulises, Las Hilanderas de Velázquez o la Bella Durmiente en la inolvidable escena de la rueca y el huso.
La llegada de la industria textil acabó con estos dos míticos objetos, siempre emparejados y complementarios. En el mundo rural el huso y la rueca resistieron hasta bien entrado el siglo XX. Regía allí en la posguerra la economía de subsistencia, se consumía lo que se producía, funcionaba el trueque, y las mujeres, en el trasnocho, a la luz del candil, tejían a mano bufandas, gorros, jerséis, calcetines o pasamontañas con la lana de sus propias ovejas y el lino de sus linares.