El tintero y la pluma

Con la plumilla incrustada en un palito escribíamos en el cuaderno de la escuela. Aún no se conocía allí el bolígrafo

Abel Hernández

Me traslado hoy a la escuela del pueblo, donde aprendí a leer y a escribir. Lleva muchos años cerrada, pero aún conserva los bancos y pupitres de entonces. Al fondo, sobre una tarima desgastada, estaba la mesa del maestro con el globo terráqueo. Detrás, en la pared, el crucifijo, escoltado por las fotos de Franco y José Antonio. En los rincones, dos pequeñas alacenas con libros y cuadernos. Y a la derecha, el ábaco, el mapa de España y la gran pizarra con clarión debajo. Eso era todo. Convivíamos allí dentro niños y niñas de todas las edades. La luz entraba por los dos ventanales de la izquierda que daban a las eras. Por uno de esos ventanales salía el tubo negro de una estufa de leña, que, cuando revocaba el aire, nos llenaba de humo. En los pupitres corridos, cada dos alumnos compartíamos un pequeño tintero blanco y redondo de loza, incrustado en la mesa.

El tintero, «altramentarium» en latín, se ha usado desde la más remota antigüedad. El Museo de Nápoles conserva preciosos tinteros romanos cilíndricos y poligonales de bronce con incrustaciones de plata. En Estados Unidos se expone con veneración el tintero con el que se firmó la Declaración de Independencia. El tintero es un pequeño recipiente con tinta para escribir mojando la pluma cada vez que se agota la dosis recogida. Fabricados en vidrio, loza, cerámica, porcelana, bronce o plata, con las formas más diversas, son hoy objetos de culto. Video

Primero fue el cálamo, «calamum», una caña hueca cortada oblicuamente con la que se escribía hasta el siglo XIV. Menciona el término San Isidoro de Sevilla en el siglo VI. Con el cálamo se compusieron papiros y pergaminos. Después llegó la pluma propiamente tal, una pluma de cisne, de pato o de cuervo…, que utilizaron los grandes autores del Siglo de Oro. A principios del siglo XIX surgió la pluma de acero, que patentó el ingeniero inglés Bryan Donkin en 1803. Con la plumilla incrustada en un palito escribíamos en el cuaderno de la escuela. Aún no se conocía allí el bolígrafo. La pluma estilográfica, el lapicero y, sobre todo, la llegada del bolígrafo acabaron con la plumilla y el tintero.

Un «lapsus cálami» sigue siendo un error al escribir, y «no dejarse nada en el tintero», una exigencia de claridad y sinceridad. Pensando en la escuela vacía, me quedo hoy con el consejo de Tolstói: «No hay que escribir sino en el momento en que, cada vez que mojas la pluma en la tinta, un jirón de tu carne queda en el tintero».