El trillo
Hoy las eras están vacías y en silencio, los trillos arrumbados y ha quedado suprimida definitivamente la trilla, la alegre fiesta del verano
Abel Hernández
Uno de los objetos más característicos del mundo rural, cuyo abandono significa el final de una época, es el trillo, hoy olvidado en un rincón del corral o convertido en mesa de zaguán o en ornamento típico en la pared de una venta de carretera. Era, con la hoz, el instrumento estrella del verano agrícola, imprescindible para culminar la recogida de la cosecha. Se usaba para separar en la era el grano de la paja. Consistía en un tablón grueso de madera, ligeramente alzado por delante, con incrustaciones de piedras de pedernal y sierras de acero en la cara inferior, que, arrastrado por animales, molía poco a poco la mies crujiente. La yunta, equipada con «tarrollos», colleras de paja de centeno, tiraba del trillo mediante unas poleas, conocidas en mi pueblo por «bríncula», dando sin parar, durante horas, vueltas a la parva hasta que la mies quedaba triturada. Sobre la plataforma del trillo, una persona –a mí me tocó muchas veces– conducía del ramal las caballerías al trote, aunque había sitios en que aún trillaban con bueyes a paso lento.
La trilla tenía su complejidad. Había que bajar los fajos de la hacina, blanca torre de haces que presidía la era, tender la parva, deshacer las manadas con horcas de madera y dar sucesivas vueltas a la mies durante la trilla, la última con palas de madera; amontonar la parva, una vez molida, y proceder a aventarla si no se paraba el aire, cuando, al caer la tarde, acababa la tarea, o venía tormenta. En este caso, surgía la solidaridad de los vecinos de las otras eras que acudían presurosos, en alegre camaradería, a ayudar a amontonar y entamar la parva amenazada, para que no se mojara el grano y se naciera.
El trillo, del latín «tribulum», procede del Neolítico. En Oriente Medio fue símbolo de poder y objeto sagrado. En Jerusalén el templo de Salomón se edificó sobre una era, la era de Ornán, un gentil, que se la ofreció al rey David «con sus bueyes y sus trillos». En Roma, Columella recomienda que las eras estén empedradas, y empedradas eran las eras de mi pueblo. En España introducen el trillo los cartagineses. Desde el siglo XVI, la capital del trillo es Cantalejo, un laborioso pueblo de Segovia. En los años 50 del siglo pasado se fabricaban en Cantalejo, con pino negral, más de 30.000 trillos al año, que abastecían a casi todo el país. Hoy las eras están vacías y en silencio, los trillos arrumbados y ha quedado suprimida definitivamente la trilla, la alegre fiesta del verano.