El zurrón y la colodra
Hoy está en decadencia el antiguo oficio de pastor, y la escuela, cerrada.
Abel Hernández
Nos situamos en la posguerra en un pueblo de las Tierras Altas. Ya ha amanecido. Dentro de poco tocarán a misa. Suena la cuerna del cabrero convocando a la cabrada. Cantan los gallos. Calle abajo, como una alfombra blanda y ondulada, descienden las ovejas madrugadoras, todas churras, unas blancas y otras negras. Suena como una letanía el pausado tintineo de los cencerros y los balidos de las recién paridas. Detrás del rebaño va el pastor, todavía un muchacho, con el zurrón al hombro, la boina en la cabeza, la colodra en el cinto y el cayado en la mano, arreando el ganado con la ayuda de su perrillo. Completan su equipaje la zamarra, las albarcas y la vieja manta de Palencia por si una mala nube lo sorprende en descampado sin un chozo donde guarecerse.
Eran tiempos de penuria y de racionamiento. Cuando un niño cumplía catorce años, dejaba la escuela, y, a muchos, con los que compartí pupitre y tintero, les esperaba a la salida el garrote y el zurrón. Tengo aquí presente una foto del otoño del 48, en la plaza, con todos los compañeros de la escuela y con don Juan, el maestro, en medio del grupo. Las niñas de la foto no corrían mejor suerte: también ellas iban pastoras, con su hatillo al hombro. En Acrijos, el pueblo vecino, se dio por entonces el caso de una niña a la que, para sobrevivir, cambiaron sus padres por una burra, dándola en adopción. Ya anciana, ha vuelto al pueblo y lo ha encontrado deshabitado e irreconocible.
En la casa vacía, colgado en la espetera del pasillo que da al balcón, permanece aún, arrugado y descolorido, el zurrón del Cayo, nuestro último pastor, nieto de la tía Romualda, la bizmera. El zurrón es una bolsa grande de pellejo, que usaban tradicionalmente los pastores para llevar la comida -un mendrugo de pan de hogaza, tocino, un trozo de queso y, con suerte, un tallo de chorizo…- , la navaja cabritera y algún otro utensilio. El término procede, según unos, del árabe «qúrra», bolsa, y, según otros, del vascuence «zorro», saco. Para beber agua en las fuentes del campo o los arroyos, el pastor llevaba la colodra, del latín «colathus», un vaso de cuerno, que el Cayo había grabado primorosamente a punta de navaja. La colodra servía también para ordeñar, y, entre sus múltiples usos, la de metal o madera se llevaba en la cintura como estuche para la piedra de afilar el dalle.
Hoy está en decadencia el antiguo oficio de pastor, y la escuela, cerrada.