La artesa

Un pueblo deja de ser un pueblo cuando no hay niños en la calle ni huele a pan. Eso es lo que ha pasado en cientos de pueblos de la España interior en los últimos cincuenta años: cerraron las escuelas y las artesas se convirtieron en objetos inútiles

Abel Hernández

Con la llegada de los modernos obradores y las panaderías industriales, la artesa familiar quedó relegada al olvido. En los pueblos, hasta avanzado el siglo pasado, era un objeto imprescindible en las casas. Veo a mi madre, siempre enlutada, con un pañuelo blanco en la cabeza, inclinada sobre la artesa, con la ropa enharinada, amasando afanosamente la hornada. La artesa, del griego «artos», pan, estaba instalada en la despensa, rincón sagrado de la casa. Consistía en un recipiente de madera de forma rectangular, poco profundo, más ancho por arriba que por el fondo, transmitido de una generación a otra. La gamella, que era una artesa pequeña de una pieza de madera, servía para dar de comer a los animales. Del vecino pueblo de Fuentebella corría con malicia la siguiente copla: «Vecinos de Fuentebella comen en una gamella; el cura y el regidor comen en un gamellón».

La artesa se llamaba también amasadera, y el horno comunal, la amasadería. En Sarnago lo regía la tía Milagros. Estaba junto a la plaza, al lado de la escuela, y en el recreo olía siempre a pan. Un pueblo deja de ser un pueblo cuando no hay niños en la calle ni huele a pan. Eso es lo que ha pasado en cientos de pueblos de la España interior en los últimos cincuenta años: cerraron las escuelas y las artesas se convirtieron en objetos inútiles. Hasta entonces, la harina para hacer el pan procedía del trigo de la propia cosecha, molido en los cercanos molinos del río, y la madre de familia se encargaba de amasar para toda la semana el humilde pan del padrenuestro. La masa madre circulaba solidariamente en un tarro de casa en casa. En Roma los patricios de gusto refinado exigían a los esclavos amasar el pan con guantes. Y en el museo del Louvre se exhiben una serie de amasaderas de cerámica procedentes de Tebas con un grupo de cuatro mujeres amasando el pan al compás del sonido de una flauta.

La hornija era la leña menuda con la que se iniciaba el calentamiento del horno. Las aulagas eran el mejor combustible natural, completado en mi pueblo con sabinos, estepas y bardas de roble. Se removía el fuego con un hurgonero y después, recogidas las brasas, se iba depositando la masa de las hogazas sobre el suelo caliente con una larga pala de madera. Pronto el agradable olor a pan se imponía al humo de la támbara, y, llegado el momento, se sacaban del horno, una a una, las doradas hogazas, que se depositaban en la artesa vacía.