Así es la vida. Cien años después la hoz ha dejado de tener utilidad en el campo. Los segadores se fueron a la ciudad a buscar trabajo. Y el brillo de las hoces ha sido sustituido por el ruido sordo y polvoriento de la cosechadora

     Al amanecer, cuando las madrugadoras alondras hacían ya torres de música sobre los trigos, salían los segadores al tajo con las hoces enfundadas al hombro. Trabajaban de sol a sol, a tajo parejo, con el cuerpo doblado sobre la tierra y la cabeza cubierta con la boina o el sombrero de paja. Llevaban la hoz en la mano derecha y protegían la mano izquierda con la zoqueta, objeto de madera imprescindible para no cortarse. Más de una vez participé en la siega. Sobre el rastrojo los segadores iban dejando las manadas, que el atador agavillaba formando fajos con vencejos de bálago humedecidos. Y los fajos de trigo, de cebada o de centeno se apilaban en fascales, dispuestos para el acarreo a la era. Así se recogía la cosecha hasta que llegaron las cosechadoras mecánicas, que significaron el final de una época.

     La hoz, de «falcem», acusativo latino de «falx-falcis», es, con el arado, el objeto más representativo de la civilización rural desaparecida. Es la herramienta para segar la mies formada por una hoja metálica, curva, como de media luna, y acerada, con dientes muy agudos y cortantes y provista de un mango de madera. Aún queda alguna hoz oxidada en el portal ruinoso de mi casa de Sarnago. Esta herramienta está en el origen mismo de la agricultura. Al principio fue de hueso o pedernal. Con ella empezaron los cultivos y, desde antiguo, se usó también como arma de defensa y ataque. Cuenta la mitología que Cronos castró a Urano con una hoz de pedernal. Plinio el Viejo relata en «Historia Natural» el ritual del sacrificio de los druidas: «Un sacerdote vestido con vestiduras blancas sube al árbol y, con una hoz de oro, corta el muérdago…» Por eso, los druidas modernos han adoptado la hoz como instrumento ritual.

     La hoz, privada de su función original, y unida al martillo permanecerá en la memoria colectiva como símbolo del comunismo y del antiguo Estado soviético. La hoz representa al campesinado y el martillo al proletariado industrial. La idea, promovida por Lenin, se aprobó en 1918. La hoz, como el símbolo más característico de la cultura rural, compitió con el arado, la horca y el rastrillo. El autor del histórico símbolo de la hoz y el martillo fue Yevgueni Kamzolkin, un hombre de familia acaudalada y profundamente religioso. Así es la vida. Cien años después la hoz ha dejado de tener utilidad en el campo. Los segadores se fueron a la ciudad a buscar trabajo. Y el brillo de las hoces ha sido sustituido por el ruido sordo y polvoriento de la cosechadora.