El refranero castellano y las viejas fábulas morales acuden con frecuencia a la metáfora de la alforja
Abel Hernández
Pocos objetos son tan característicos del mundo rural como las alforjas, o la alforja, que tanto sirve en este caso el singular como el plural. El que haya vivido el siglo pasado en un pueblo pequeño situará automáticamente las alforjas sobre el lomo de una caballería, preferentemente un borrico. Desde que llegaron las máquinas, que dejaron las cuadras vacías, las alforjas quedaron arrumbadas, sustituidas por mochilas y bolsas de plástico. Las nuevas generaciones urbanas se verán en apuros para comprender bien lo que le dice Sancho Panza a don Quijote: «Yo no tengo más que estas alforjas llenas de un poco de queso y de pan y no sé cuántas nueces y avellanas». O cuando don Quijote, impaciente y hambriento, interrumpe sus ensoñaciones y le suelta a Sancho: «¿Pero dónde están las alforjas?». Frente al idealismo de la lanza quijotesca, la alforja de Sancho representa el realismo del pueblo llano. Que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y los duelos con pan son menos, etcétera.
No es fácil una definición precisa de alforja. La más elemental es: bolso doble que se echa sobre los lomos de la caballería o al hombro. Me parece más convincente la descripción de María Moliner: «Tira de tela fuerte con las puntas dobladas que forman dos bolsas, que llevan los campesinos colgada del hombro o se pone sobre las caballerías para transportar cosas». La palabra procede del árabe «alhurg», pero las alforjas existen desde más antiguo. Su uso vulgar, pegado a la realidad, como bolsa doble sobre el lomo de un borrico que transporta al campo la bota, la fiambrera, el pan y el botijo, contrasta con su evocación poética. Es una hermosa palabra, que no desdice en cualquier buen poema. «Alforjas para la poesía» fue el título que dio Conrado Blanco a una serie de recitales, de mucho éxito, en el Teatro Lara de Madrid. Esto ocurría cuando no había móviles y el nivel de comprensión lectora entre los jóvenes era más alto que ahora.
El refranero castellano y las viejas fábulas morales acuden con frecuencia a la metáfora de la alforja. «Tener bien provistas las alforjas» da seguridad para andar por la vida, y «llevar siempre la alforja al hombro» es de persona previsora y cautelosa. «Para este viaje no hacían falta alforjas» refleja la frustración por el fracaso de un intento. Y la reflexión de que «cada hombre lleva dos alforjas, una delante y otra detrás; en la de delante van los defectos del prójimo, y en la de atrás, los propios» es un buen retrato de la condición humana