El molinillo de café
En los cafés urbanos, con cafeteras eléctricas y tazas de café humeantes sobre la mesa, se han escrito muchas de las obras inmortales de nuestro tiempo. Según Thomas Jefferson, el café es la bebida del mundo civilizado
Abel Hernández
Desde que se vende en los supermercados el café molido y empaquetado, el gracioso molinillo de café ha desaparecido de las cocinas, convertido, si acaso, en un objeto decorativo. Su vida en el mundo rural ha sido breve. A las Tierras Altas llegó tarde y quedó pronto arrinconado. Recuerdo, cuando era niño, a mi madre moliendo los granos de café con una botella en la mesa de la cocina cubierta con un hule. El inconfundible aroma del café se mezclaba con el humo de la lumbre y el fuerte olor desprendido de la matanza que se curaba colgada en las varas del techo ennegrecido. Antes, al rayar el día, ella había ordeñado a las cabras para el desayuno. La leche hervía, con un dedo de nata, en un cazo de porcelana sobre el tentemozo en medio de las brasas, y, arrimado a la lumbre, borboteaba el café en un puchero de barro. Cuando faltaba café, se recurría a la achicoria y se introducía en el puchero un tizón para dar color al brebaje.
Avanzada la posguerra, casi a la vez que la luz eléctrica, llegó a casa el molinillo. Era verde, metálico, de marca Elma, fabricado en Mondragón. A mí me gustaba mover la manivela roja y escuchar el suave ruido crujiente de la molienda. Dándole vueltas al manubrio, se molían, triturados por la muela, los granos colocados arriba, en el recipiente cónico de la tolva. El café molido se depositaba en el cajetín inferior de madera. El fuerte y agradable aroma invadía la estancia y transportaba a un mundo lejano imaginario. Para Balzac, el café era «fuego negro» que encendía la imaginación. Aseguro que estoy tomando una taza de café mientras escribo. Me acojo al consejo de Johann Sebastian Bach: «El café es un bálsamo para el corazón y el espíritu».
Su expansión fue asombrosa. En un par de siglos el planeta se llenó de cafeterías y, al final, de gasolineras; se impuso en todo el mundo la cultura del café y el automóvil. En los pueblos se conformaron con el café, copa y puro de los días de fiesta. Los coches tardaron a llegar. El siglo XIX fue el de la popularización del café. Peugeot, la famosa marca francesa, inició su negocio en 1840 fabricando molinillos de café «Peugeot» y de ahí pasó a la fabricación de automóviles. En los cafés urbanos, con cafeteras eléctricas y tazas de café humeantes sobre la mesa, se han escrito muchas de las obras inmortales de nuestro tiempo. Según Thomas Jefferson, el café es la bebida del mundo civilizado.