Revista SARNAGO nº 4

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Presentación de la revista Sarnago Nº 4

Cita con la cultura en Sarnago

José María Martínez Laseca 

Estoy aquí, con vosotros, este viernes 19 de agosto de 2011, porque sí. Con sumo gusto.  Un sábado de días atrás, por la mañana, en la ciudad de Soria que se desperezaba, yendo yo por El Collado me encontré con José María Carrascosa. Entramos al bar El Argentino a tomar un café, y mi tocayo aprovechó la cómoda circunstancia para invitarme a oficiar la presentación de este bello ejemplar, que hace ya el nº 4 de la revista de la Asociación de amigos de Sarnago. Y que cuenta con  amigos colaboradores  que suman unos cuantos, de variopinta inquietud y condición, y entre los que me encuentro. Así que le costó muy poco convencerme.

Además, siempre que puedo gusto de venir a Sarnago, desde aquella primera vez en que lo hiciera. Fue hace tiempo, por agosto de 1990. Me interesaba yo entonces por el estudio de las fiestas tradicionales de nuestra provincia, y acudí a la convocatoria de vuestra Fiesta de Móndidas. Pero lo anunciado no se celebró, como conté en su día en la revista en mi artículo “Viaje al confín de Sarnago”, y, sin embargo, aquel viaje me sirvió para, en grata conversación con los allí presentes, sentirme todavía mucho más atraído por el misterio que guardaba este pueblo abandonado y para cogerle cariño.

Aun más, mi padre Carlos Martínez Milla, que en noviembre cumplirá los 90 años, cada vez que le digo que voy a venir por aquí, me recuerda que él, a inicios de los cuarenta,  hizo la mili en Calatayud, con un mozo natural de de Sarnago, un tal Jacinto Carrascosa Calvo. Según he sabido después, era el tío del infatigable José María Carrascosa, puesto que ya ha muerto.

Pero, basta ya de introitos. Si cuando llegaban las fiestas de mi pueblo el cura ordinario se preocupaba mucho por buscar un buen predicador para que les echara el sermón a sus fieles durante la misa mayor concelebrada, eso mismo y no otra cosa, entiendo yo que ha querido de mí, mi buen amigo Carrascosa. No que os presente la revista, que sorprende a cualquiera que la hojea, sino que os lance una prédica como es debido que os deleite y entretenga. Así que vamos a ello, metiéndome ya en faena.

El nombre de Sarnago, junto al puente de San Pedro Manrique, indicando el camino que se pierde hacia la sierra de Alcarama, era como un epitafio, tal y como escribía uno de sus últimos descendientes como es Delfín Hernández. Cuando leí esa equivalencia, me acordé enseguida del poema que Antonio Machado escribió “A un Olmo seco”. Al poeta le llamó la atención la  maltrecha entidad física del árbol  -viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido- y la comparó con la delicada situación que atravesaba su joven esposa Leonor, quemada en su interior por el negro tizón de la tuberculosis. Malos augurios, sin duda, en ambos casos, haciéndonos temernos lo peor;  si bien Machado abría en su interesado deseo un último rayo de esperanza. De este paralelismo arranca hoy mi reflexión.

Las prisas con las que malvivimos en el mundo actual -de la globalización y de Internet- han mutilado en gran medida nuestras defensas sensoriales y nuestra capacidad de pensar críticamente partiendo de la observación de la realidad, su selección y análisis para elaborar hipótesis y extraer conclusiones.  Mucho antes el ciclo anual, medidor del tiempo, contemplaba 10 mensualidades. Veamos: marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre (7), octubre (8), noviembre (9) y diciembre (10). Las guerras numantinas del 154 al 133 a de C. fueron las que obligaron a Roma a cambiar el calendario, trasladando a enero la elección de senadores y el comienzo del año. Partiré de esta premisa para hablar de lo que denomino como:

La savia de la primavera

Sucede que, en la noche del último día del mes de febrero y lindando con Burgos, los mozos del lugar de Espejón salen a cantar las marzas, recorriendo las calles del pueblo y proclamando las excelencias del año. Deseándoles parabienes y disfrutes materiales a todos los vecinos, que les corresponden agradecidos con algún donativo. Esta noche entra marzo, / de la media noche abajo. / Esta noche también entra / el santo Ángel de la Guarda.

En ello se observan ya ciertas connotaciones sacras de rendición de culto a la nueva estación: la “prima bera”  o “primera luna” que se identifica con el mes cuyo nombre “barza” (huerta o jardín) evocaba el renacer de la naturaleza. Réplica patriarcal de aquella remota divinidad femenina de la vegetación es “Marte”, al que hoy se atribuye la denominación del mes de marzo.

Más tarde, al inicio de mayo, los mozos o quintos de la zona de Pinares sobre todo (San Leonardo, Navaleno, Salduero…), ofician en las plazas o ante las iglesias, esa reimplantación ritual del árbol, conocida como la pingada del mayo. Los teorizantes del culto animista consideran al árbol como ser animado y casa de los espíritus de la vegetación y de la feracidad.

El hombre nómada estaba en pleno contacto con la vegetación, pero al hacerse sedentario se dio esa separación física entre los poblados de los hombres y los bosques o morada de los santos protectores (muchas Vírgenes hay con el nombre de plantas). Por eso es costumbre con la llegada de la primavera acudir al bosque y cortar árboles y ramas (con la divinidad) para traerlos al poblado y plantarlos en su centro. Con ello se pretende la protección benéfica en cuanto a la prosperidad de las cosechas, la multiplicación de los rebaños y la bendición de las mujeres y sus hijos.

De mayo son las mayas, esas mujeres púberes adornadas de flores y joyas que van de reinas y señoras como la “buena diosa”. Son esas niñas que hacen la primera comunión en mayo y que el día del Corpus van arrojando pétalos de rosas. Toda la exhuberancia vegetal de mayo, verdecida y  florecida, originaba enramadas en los pueblos, lo que aún se observa el Domingo de Ramos, con palmas de palmeras y otras ramas de arbustos.

Para el 3 de mayo, festividad de la Santa Cruz, en la Sierra del Alba, con su centro de gravedad en San Pedro Manrique, también entre las jóvenes elegirán, mediante sorteo, tres Móndidas o puras (ataviadas de blanco y engalanadas) que son mayas o majas y que adornan los atrios de sus casas con otros tres mayos plantados en grandes maceteros.

Sacerdotisas del sol las llamó Mariano Iñiguez Ortiz y algunos creen ver en su ritual de la mañana de San Juan un claro culto a la diosa Ceres. Las flores con que adornan sus cestaños y los panes del ramo cubrían los aspectos eficientes de toda mujer: el nutricio o culinario y el sexual. Es un ritual que enlaza con el tributo de las cien doncellas al rey Mauregato, solventado en la batalla de Clavijo que refutara Sánchez Albornoz. El mito del tributo, como sanción, descripción y celebración de la endogamia, dadas las dificultades que se imponían en los pueblos al cortejo de sus mozas por los forasteros: madres las que tenéis hijas / tan lejos no se casaran.

Todavía en muchos pueblos de la provincia se celebra como es debido San Isidro labrador, dada nuestra tradición agraria, lo que algunos dedican a la bendición de los campos. Y Almazán aprovecha para disponer su feria de maquinaria agrícola, del mueble y agroalimentaria, que antes fue ganadera. Y en los días 17 y 18 de mayo celebra a San Pascual Bailón, que es patrón de pastores. Aquí sale el zarrón, de la familia de los zarrones, zarragones, zarrangones… que son figuras ridículas, que acostumbran a ir detrás de las procesiones  y espantan a la canallesca de muchachos, que los inquietan y enfadan, estorbando a los danzantes.

El Zarrón de Almazán sería uno de esos últimos supervivientes de esas mascaradas carnavalescas que en nuestra provincia han sido y que aún ofrecen una presencia importante en el folklore de la península. Su figura se asocia a los “satans”, con su zurriago portado en mano, que adquiere un toque mágico, ya que mata, resucita o transforma. Y las danzas de paloteo que acompaña obedecen igualmente a los viejos rituales de fertilidad, aplicados a fiestas patronales, celebración de bodas, nacimientos o visitas ilustres.

Ya vemos, por cuanto ha acontecido hasta la fecha, como la primavera la savia y la sangre altera. Bien lo supo la Iglesia que convirtió al mes de mayo en el mes de la Virgen: con flores a María. Y me da que pensar que todos estos rituales y expresiones públicas responden en el fondo a alguna razón trascendental. Rezuman lo sagrado, invocando a los cielos y a sus dioses, en esa búsqueda demostrada de la fecundidad. Para que esta vida caduca sobre la tierra continúe.

Y qué decir de Sarnago al respecto. Su fiesta tradicional recuperada, con la pingada del mayo (extra primaveral)  en el centro de la plaza y con la presencia de sus tres guapas Móndidas adolescentes -es muy similar, con algunas variantes, acompañamiento por el mozo del ramo y el misterio de introducir el ramo por la ventana al revés- en su ritual, elementos y protagonistas al ya comentado de San Pedro Manrique.

Cierto es que sus fechas de celebración son distintas: en San Pedro, por San Juan Bautista, 24 de junio, mientras que en Sarnago lo es ahora por San Bartolomé (24 de agosto) si bien inicialmente era para la Santísima Trinidad (variable, siempre en domingo, después de Pentecostés, marcado por la fecha en la que se oficia la Pascua o Domingo de Resurrección”. Son fiestas muy vinculadas con el ciclo estacional de la naturaleza asociada con los ritmos del sol y sus solsticios –aunque a mí me resulta mucho más sugestiva todavía la luna en medio de la noche con sus plenilunios-. Todas persiguen idéntico objetivo: la recuperación de la luz y del calor frente a la oscuridad y el duro frío del invierno. Regenerar la vida aletargada y traer nueva vida.

Insistiré en ello. Se trataba, pues, de rituales de fecundidad, de origen precristiano, para que la tierra madre diera sus frutos  y para que las hembras (tanto animales como personas) fueran fértiles y procrearan, garantizando así la continuidad de la especie y de la tribu. Elocuente es el simbolismo fálico del mayo o su carácter matriarcal con el protagonismo que cobran las mujeres representadas por las tres guapas mozas Móndidas. Las mujeres con función de administradoras de la casa  y sobre todo por su capacidad de traer vida, de dar a luz; mientras que el papel del hombre o macho es de un mero paredro.

Es muy sencillo. El mundo, según Goethe, no podría existir si no fuera tan sendillo. Hace miles de años que se cultiva esta tierra miserable y, sin embargo, sigue teniendo las mismas fuerzas. Un poco de lluvia y un poco de sol y vuelve a verdear todas las primaveras.

Como el olmo, otrora vital y frondoso, Sarnago fue un pueblo vivo: lleno de vecinos, estructurado socialmente, con sus niños, sus mozos, sus mayores y sus ancianos. Había entierros sí, pero también bodas y bautizos. Como al olmo, al que Machado observara que, con las lluvias de abril y el sol de mayo, le habían salido algunas hojas verdes, así el despoblado de Sarnago, sito en las estribaciones de la sierra de Alcarama, ha rebrotado gracias al empuje y al afán de superación demostrado por su Asociación de Amigos

La Asociación que publica esta revista, en la que se nos habla de cosas que sucedieron por aquí, de la Grande y General Historia de Sarnago y aún de toda la comarca.

Cuyos integrantes se sienten orgullosos de la pertenencia a este lugar.

Reivindicando las viejas tradiciones que unen a todas esas gentes de la diáspora, ya que suponen un nexo de unión y una clara seña de identidad y de autoestima.

Sabedores, como son, de que es necesario estudiar, investigar e innovar, tan demostrativos de que la sociedad progresa

A fin de cuentas, hablo de un pueblo que se resiste a morir y que cual ave Fénix, resurge en su rescoldo como cuando en el hogar con nuestro soplo separamos las rojas brasas de la ceniza mortecina.

Que no se trata de cadáveres, para nosotros, porque suponen  historias de muchas vidas y es nuestro deber el recordarlas y contarlas a los demás, ya que nadie es capaz de sobrevivir al silencio ni al olvido.

Por eso yo coincido -en la apuesta por la luz y por la vida- con Antonio Machado y recito con el su plegaria de eterna  esperanza:

-¡Mi corazón espera,

también hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera!

Si me permitís,  os lo voy a contar de otra manera. Esta es la historia de la emigración y del vaciamiento de nuestros pueblos en los años 60. Yo la declamé en versos:

Frío y miseria en invierno

miseria y sol en verano

pasa la terrible luna

sobre la faz de estos campos

de estos campos que no son

pues sus gentes se han marchado

La fuente tiene dos caños

y antes de que se secara

se fueron el secretario

y el maestro a la ciudad.

Antes se había ido el médico,

también el veterinario.

Y el chico de la Teresa

a estudiar al seminario.

¡Sólos al atardecer

se han quedado los secanos!

¡Pobres tierras!, ¡pobres campos!,

¡pobres de los que quedamos!

Que aquí no aguanta ni Dios,

porque Dios no aguanta tanto.

Estoy hablando de la sangría que supuso para nuestra provincia la emigración de sus gentes más valiosas. No obstante, y pese a tanta decadencia y acabamiento, yo siempre he mantenido -como ya he señalado hiciera nuestro gran poeta- un hilo de esperanza.

Por lo dicho hasta aquí, observo en el caso de Sarnago, con su Asociación de Amigos, el claro ejemplo de una historia de superación: la de los que se caen y se vuelven a levantar.

Como los esqueletos desnudos de los árboles que, cuando pasa el invierno,  vuelven a notar circular la savia revitalizante por sus vasos leñosos y sienten revivir de verdor las hojas de sus ramas con la llegada de la primavera.

Que es por cuanto he dicho, a fin de cuentas, por lo que yo, un tanto agnóstico, muy bien pudiera llegar a creer ni más ni menos que en la resurrección de los muertos.

Esto es todo, amigos. Nada más y muchas gracias por escucharme que siempre es mucho más que oírme.

José María MARTÍNEZ LASECA  

             A LOS PUEBLOS DE SORIA

 

Que de pueblos ya canos y remotos

que de contento los pobló otro tiempo

que de pueblos se tornan hoy escombro

con la mirada ida en los muertos.

 

Pueblos de Soria, perdidos

al borde de algún camino

parecéis pueblos desiertos

y estáis semiderruidos.

 

Pueblos de Soria, construidos

hace ya algunos siglos,

parecéis tumbas de muertos

que yacen en el olvido

en un fúnebre silencio…

que rompe al bajar el río.

 

Pueblos de Soria, ayer erais

de los nobles señoríos

solo os quedan escudos…

recuerdo de algo que se ha ido.

 

Pueblos de Soria, ayer algo,

hoy os quedáis sin vecinos.

Pueblos de Soria, perdidos,

pueblos de Soria al borde de algún camino

esperáis al caminante, y el caminante…

 ¡se ha ido!

         AL OBRERITO SORIANO

 

Porque hay pocos obreros en Soria,

y hay mucho obrero soriano

 

A ti obrerito soriano,

a ti, dirijo mi canto

mi canto se va contigo

mi canto se me hace llanto

 

Si naciste campesino:

¿por qué desprecias tus campos?

¿por qué abandonas tu pueblo?

¿por qué traicionas tus manos?

 

Si siempre fuiste alfarero,

si te ha modelado el barro.

¿quién te arrancó de tu tierra?

dí, ¿quiénes te medio-echaron,

que marchas a cobijarte,

junto al humo de las fábricas,

de las ciudades costeras?.

 

Mientras tu casa se hunde,

tu tierra se desespera,

y es un ancho cementerio

su vientre de sementera.

 

A ti, obrerito soriano,

a ti, mi dirijo mi canto.

 

Jorobado por la pena,

por culpa de algunos cuantos.

Tú no querías marcharte,

temías a lo ignorado,

tú querías que tu sangre

regara sólo tus páramos.

Pero hay tanto caciquismo,

tanto judas comerciando,

que les importa un comino

que tú y yo suframos tanto.

 

A ti, obrerito soriano,

a ti, dirijo mi canto.

Mi canto que es oración,

mi canto que es un reclamo:

¡Vuelve a esta tierra enseguida

que hay que arreglar el cotarro!

 

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