Revista SARNAGO nº 5

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Presentación revista Sarnago Nº 5

Con  este sencillo, pero muy emotivo, acto inauguramos la semana cultural de este verano en Sarnago.
A las 19:30 horas dio comienzo la presentación de la revista, con una asistencia de alrededor de 60 personas. La mesa estuvo compuesta por José Mari (presidente de la Asociación), Inma (concejala de cultura), Jesús Vasco  y Miguel Ángel San Miguel.
El acto fue presentado por el presidente de la Asociación. Primeramente cedió palabra a Inma que, en su breve  alocución, recalcó el valor de esta publicación y el compromiso de este Ayuntamiento en seguir apoyando, en la medida de sus posibilidades, este proyecto.
José Mari volvió a tomar la palabra  para hacer un repaso de la revista, contar los pormenores de la edición de la misma, explicó como poco a poco se va complicando más a la hora de conseguir recursos económicos, pero pese a ello seguiremos intentando seguir adelante. Dada la diversidad de colaboradores que tenemos ya se puede decir que no es una revista solos de Sarnago, sino de toda la comarca. Dio las gracias a todos los anunciantes, recalcando, que sin sus aportaciones económicas hubiese sido imposible sacar adelante este número, pasó a enumerar uno por uno a todos. Como colofón a su intervención pasó a leer el articulo de la revista «Saludo del presidente».
   Pasó la palabra a Miguel Ángel San Miguel que quiso leer un emotivo mensaje escrito por su amigo, y al postre anfitrión del acto, Jesús Vasco (reproducimos más abajo).
    El último en tomar la palabra fue nuestro amigo Jesús Vasco, muy emocionado después de escuchar a Miguel Ángel; nos deleitó con un pequeño, pero emotivo escrito preparado para la ocasión que reproducimos más abajo.
   Una vez terminadas todas las intervenciones, obsequiamos a todos los asistentes con un zurracapote que sirvió para hacer más ameno el final de esta tarde y disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos de toda la geografía nacional.

 

Texto preparado para la ocasión por Jesús Vasco

   Hola, amigos:

Me voy a presentar: Yo no soy ilustre en nada. Soy hijo de albañil y ama de casa. A mi madre la diagnosticaron de un tumor en el útero que resultó ser yo, consecuencia de un descuido. Vine al mundo en casa, como Dios manda, en un pequeño pueblo zamorano. Estudié en Valladolid, vivo en Barakaldo y veraneo a caballo entre Cantabria y Soria. Soy médico general, hice la mili de soldado raso y, como muchos de vosotros, enfermo crónico. Todo normal.

Aquí, junto a mí, está la responsable de que os conozca. Sus padres echaron los dientes correteando por las calles de San Pedro, que muy bien podían haber sido éstas. Como vosotros, tuvieron que emigrar buscando lo que les negaba su tierra, que no daba más de sí. Ella me ha inoculado el virus de Soria del que soy portador.

Es esta la tercera vez en mi vida que hago públicamente algo importante. La primera, cuando presenté, junto a Miguel Ángel, la Guía de San Pedro Manrique en la casa de sus representantes. La segunda, cuando Miguel Ángel dio a conocer su hermosa novela “Desde el Silencio” en el entrañable y acogedor Casino de Soria. Y la tercera es ésta. Da la casualidad que las tres situaciones se dan en esta tierra de la que ni soy ni vengo. No sé aún deciros por qué estoy aquí, pero sí que me hace una enorme ilusión. Me gustaría saber cada uno de vuestros nombres para recordarlos como amigos y poder alardear en mi tierra, que no sé bien cuál es, que he conocido gentes dignas, con sueños realizables, que luchan por mantener las raíces que dan sentido a sus vidas.

Antes de nada, quiero agradecer a José Mari el haber pensado en mí para esta entrañable ceremonia. Creo que estáis en muy buenas manos. Esa mezcla soriana y navarra le han hecho comerciante, vehemente y cabezón. Sabéis bien la maestría que tiene para solicitar algo haciéndote creer que es él quien lo ofrece. Recuerdo cuando me pidió presentar la revista. Me llamó para darme la enhorabuena por mi artículo y cuando yo me venía arriba y apenas oía, de lo halagado que me sentía, me dice: Oye, te voy a pedir un favor……..Cuando me di cuenta, ya me la había colado.

En segundo lugar, es un verdadero honor para mí presentar esta revista desde la cual puedo dirigirme a mis amigos a través de mis modestos artículos. Yo solo sé escribir para los amigos, porque son los que me arrancan las emociones. Gramaticalmente soy un aficionado, como podéis comprobar, sin embargo mis letras son suficientes para expresar unos sentimientos que pretenden ser sinceros. Compartir mis páginas con gente de la talla de Abel, Martínez Laseca, Goig, Miguel Ángel…………., me sonroja y enorgullece a la vez. Solo falta Avelino Hernández, quien sin duda hubiera regalado también su pluma. Y por qué no el mismo Machado.

En tercer lugar, este magnífico escenario. En esta plaza donde se festejan los últimos eventos y que en su día sirvió de escenario para mitigar el esfuerzo y dureza de la propia vida. Aquí, entre las sierras de Alcarama, Ayedo, Alba, Almuerzo y la mítica ciudad de Numancia, atalayas que denotan dignidad y grandeza, rodeado de la gente que quiero y que me evoca tantas y gratas cosas.

En último lugar, porque sois buena gente. Porque estáis luchando contra viento y marea por dignificar vuestro pueblo. Un día, le dije a Julio Llamazares que una de las cosas más tristes es haber nacido en un pueblo que ya no existe, como el suyo (Vegamián). Cuando paso por Buimanco, Fuentebella, Acrijos….., pienso en aquellos que allí nacieron y que ya no se atreven a volver para contemplar como la tierra engulle sus casas. Cómo descaradamente entran los escaramujos en sus cocinas, ultrajan sus habitaciones y se encaraman a aquellas camas que albergaron tantos sueños. Admiro vuestra dignidad y vuestra entereza. Ojalá las instituciones, sobre todo las de San Pedro, se interesen por vosotros, aun sabiendo que para ellos no sois votos.

Bueno, amigos. No tengo la locuacidad de Martínez Laseca para ilustraros más. Os agradezco sinceramente este atardecer en la plazuela donde en otro tiempo se bailaba y se intercambiaba la alegría. Me despido acordándome, una vez más, de que allá, al otro lado de esa montaña, Zacarías y Romana aguantaron en su tierra sin nadie, habiéndoles negado la luz y el agua, como en lo más profundo de África. Vosotros, en cambio, contáis con multitud de amigos que, aunque sea con cuatro letras, pretendemos ayudaros a mantener erguida la frente.

Un abrazo.

Sarnago, a 22 de Agosto de 2012

Jesús Vasco.

 

Texto leído en la presentación por parte de Miguel Ángel San Miguel

Hoy es 25 de Julio, fiesta gallega por antonomasia, pero no me voy a quejar.

Me encuentro en la sala de espera, no de una estación de tren que me transporte a cualquier lugar maravilloso, si no del Hospital de día de Cruces, un lugar de paso de gentes con graves problemas, quizás de los más graves que podamos imaginar.

Vi a mi derecha cuatro aldeanos que, en euskera, se intercambiaban los síntomas unos con otros como si fuesen cromos. A uno le dolía la cabeza, a otro el pecho, otro se quejaba de la cadera y el último no se quejaba de nada. Tenía la vista fija en una columna plateada que reflejaba la luz de la fluorescente que parpadeaba caprichosamente.

Un micrófono llamaba para pasar a sala a inyectarse ese veneno que lo mata todo, incluso muchas veces al cáncer,  esperando renacer de las cuatro células en cruz que hayan quedado vivas.

Veo a un hombrecillo menudo, sentado, esperando oír su nombre para inyectarle su correspondiente dosis de esperanza. Tiene los ojos amarillentos teñidos de bilis que han perdido el lustre de los años mozos. Ojos cansados de ver cómo pasa la vida, amarrado a una botella de suero envenenado que le va inyectando lentamente deseos de futuro. Se mira sus manos enjutas, repletas de moratones y venas ennegrecidas abrasadas por la quimio y se las frota enérgicamente para desentumecerlas y devolverlas a la vida y poder estrecharlas con las de un compañero que se va para casa a intentar, una vez más,  comenzar una vida normal. De pronto, oye su nombre y sus apellidos, contento de no ser un número, como en la mili, y se pone en pie, a disposición de la enfermera que le traslada cariñosamente a sala. Despide a sus compañeros, por si acaso,  sonriendo porque sabe que le  van a inocular un rato de vida. Se pierde al fondo del pasillo y otras manos le salen a recibir amablemente, felicitándole por su aspecto, que aún es digno.

Mientras espero, veo a una chica que me costó reconocer. Había estudiado conmigo en el Instituto de Barakaldo. No sé quién la había maltratado más si el cáncer o la quimioterapia. Su mano derecha descansaba sobre el brazo de su acompañante que la miraba con ternura. Hecha una piltrafa, esperaba también su turno. Había descuidado su imagen quizás porque no le importara, evidentemente tenía algo más de qué preocuparse. Su cuerpo apenas podía mantenerla erguida, sus huesos mostraban sus prominencias como en una clase anatomía. A fuerza de yo mirarla, ella me reconoció. Me acerqué a ella para saludarla y saber cómo se encontraba. De repente, revivió,  e hizo alarde de una energía inesperada. Me contó su bagaje por la enfermedad, las múltiples putadas a las que había sido sometida y con una sonrisa franca me dijo: “Me dieron tres meses de vida y llevo cuatro años luchando. En este tiempo he aprendido lo que significa cada día, notar el calor de una mano compañera, apreciar el frescor de una bocanada de aire cuando tus pulmones desesperadamente piden espacio, volver a pisar la hierba del jardín que un día yo sembré, contemplar el mar que tantas veces había mirado y jamás había visto y, sobre todo, entrar en mi casa y tocar cada objeto como en un ritual, recordando con afecto quien me lo regaló o dónde lo conseguí. No deseo a nadie sufrir, pero a veces es necesario este calvario para entrar en el mundo de las emociones. Mira, este es mi compañero. No lo conoces, verdad?, pues yo llevo viviendo con él siente años y conociéndole cuatro. Y tú? ¿Qué haces aquí?”

Le respondí: Esperando que me digan cuando comienzo a vivir como tú.

De pronto oigo mi nombre y mi apellido para que pase a consulta, tarde o temprano antesala de ese lugar entrañable y  maldito a la vez, donde, a un precio excesivamente alto, se compra la esperanza.

Jesús Vasco.

Barakaldo, a 25 de Julio de 2012.

 

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